En Uruguay, hay un respeto quizás exacerbado por las profesiones académicas en lugar de las profesiones tecnológicas. Encima hay una inclinación por buscar un empleo público. Hoy los mejores trabajos ya no son para los que tienen una licenciatura sino para los que tienen posgrados.

por Contador Público (Uruguay) Darío Aurelio Abilleira Alvarez

Los desafíos de las universidades

CON JORGE GRÜNBERG

El rector de la ORT habla sobre cómo debería estar cambiando la educación terciaria.

El País – Fernán Cisnero sáb jul 5 2014

En mayo, el doctor Jorge Grünberg, rector de la Universidad ORT Uruguay, dio una conferencia en Praga en la reunión anual de la ORT mundial. Titulada “Educación superior en el siglo XXI. Amenazas estratégicas y oportunidades en un mundo digital”, Grünberg traza un panorama certero de la necesidad urgente de cambio que enfrentan las universidades en el mundo, ante un panorama de globalización y digitalización y de cambios severos para el mercado laboral. En su despacho céntrico, Grünberg recibió a Qué Pasa para conversar sobre cómo la educación terciaria uruguaya está adaptándose a esos nuevos desafíos. Este es un resumen de esa charla. A la conferencia se la puede ver y leer (en inglés), acá.

—En su ponencia de Praga usted destacaba algunas amenazas a la educación universitaria: la confluencia de la globalización, la digitalización y la automatización; una economía del conocimiento y la voz de los ciudadanos. ¿Qué cerca de estamos de sentir esos impactos en la educación en Uruguay?

—La educación es fundamentalmente un fenómeno social y no se puede estudiar en condiciones de laboratorio. Para mejorar la educación uruguaya tenemos que verla como respuesta a fenómenos globales de los que Uruguay no está aislado. De hecho, se ha beneficiado de ellos. Cuando decimos, por ejemplo, que llevamos años de un ciclo económico positivo motorizado en gran medida por el precio de las materias primas que se pagan en otros países, eso es la globalización.

—De la cual no escapa nadie, ni nada.

—Lo que tenemos que buscar es como nos situamos para que nos afecte positivamente ya que la globalización impone oportunidades y amenazas.

—Empecemos, mejor, con las oportunidades para la educación.

—Son las que vemos en muchos jóvenes que hoy desde acá pueden pensar en producir y exportar productos digitales al mundo entero. Son alumnos y graduados de nuestras universidades que crean juegos que se venden en el Apple Store, que hacen documentales que se pueden exportar. Hoy eso es un gran ventaja: hay mucho trabajo que se hace en otros países que se puede hacer desde Uruguay. Y eso puede impactar positivamente en un problema importante como es la emigración de los jóvenes. Y si logramos que desde acá exporten los productos de su inteligencia, estamos además generando divisas para el país. La globalización, así, nos trae un montón de oportunidades pero está la otra cara de la moneda: cualquier cosa que yo haga acá también la pueden hacer en cualquier otro lugar. Siempre va a ver muchachos inteligentes en Bangalore, en Jaifa o en Singapur que pueden hacer lo mismo. El idioma, la distancia, el conseguir información ya no son barreras. Todas las ineficiencias, los temores, las debilidades que tengamos están ahora a la vista de todo el mundo. En el mundo actual no hay dónde esconderse y todo está a nuestro alcance.

—Ahí se precisa un sistema educativo acorde a esa realidad.

—Uruguay necesita una educación de primera línea mundial pero no pensada en laboratorio, donde los temas o la organización docente estén pensadas por expertos recluidos, sino un sistema educativo que prepare al país y a sus ciudadanos a competir en un mundo global, que brinde herramientas al ciudadano para ser libre y autónomo. Hay que tener el país preparado: necesitamos una infraestructura del país que nos permita competir; conexiones aéreas; conexiones digitales; enseñanza de inglés en el sistema educativo; acceso de internet de alta velocidad a precio accesible. Un país como el nuestro con tres millones de habitantes y un capital cultural acumulado a lo largo de décadas debería estar posicionado idealmente para el mundo global. Lamentablemente no lo estamos. Tenemos deudas pendientes.

—¿Cuáles serían las principales trabas para no estar así de posicionados?

—Las más importantes quizás estén en el aspecto cultural. Otras están en el aspecto educativo, la infraestructura y la organización, incluso, económica y tributaria.

—¿A qué se refiere con aspectos culturales?

—Los uruguayos tenemos la actitud de ir a buscar el empleo, en lugar del emprendimiento. Hay una actitud frente al “ganarse la vida” en Uruguay, donde hay un respeto quizás exacerbado por las profesiones académicas en lugar de las profesiones tecnológicas.

—Una cosa que en el mundo ya cambió…

—Y acá también pero a un ritmo mucho más lento que el que necesitamos. Encima hay una inclinación por buscar un empleo público. Esto no es solo una cuestión que se le puede achacar a las familias, ya que todo el Estado está hecho con una concepción que favorece que muchos jóvenes prefieren buscar un empleo público que les ofrezca seguridad a largo plazo que buscar su propio emprendimiento.

—Eso también está cambiando.

—La creación de la Agencia Nacional para la Investigación y la Innovación (la ANII) ha venido a ayudar a que grupos de jóvenes creen sus propias empresas. Han surgido organizaciones como Endeavor y han vuelto a Uruguay personas con experiencia en la formación de empresas que están ayudando a grupos de jóvenes. Aún es muy poco. Cuando esto se vuelva la norma en lugar de la excepción vamos a poder pensar que el país está modernizándose.

—¿La educación terciaria está sacando emprendedores?

—La ORT hace años que ha empezado con esta noción del emprendimiento. En 2001, creamos con el LATU la primera incubadora de empresas en el país. Hoy, por suerte, casi todas las universidades están haciendo algo en este sentido. Pero todavía hacemos poco y hay una cuestión de organización de la economía nacional, del Estado y de cultura nacional que lleva a esa noción de no tomar riesgos.

—Los problemas para solucionar la enseñanza, entonces, no son necesariamente técnicos.

—No. Ya hay informes que muestran que para mejorar un sistema educativo hay que mejorar algunas cosas que todo el mundo conoce. Uruguay no lo ha podido hacer por razones esencialmente políticas, no económicas: hay un bloqueo mutuo entre distintos grupos que impiden hacerlas. Y así vamos a contramano. Estamos en un descenso de la cantidad y la calidad de los bachilleres. Por un lado tenemos una tendencia negativa que es que los bachilleres, promedialmente, saben cada vez menos. La segunda tendencia negativa es que los bachilleres en los últimos años se han vuelto más desiguales: cada vez terminan menos bachilleres de familias de menos ingresos y cada vez terminan más los de altos ingresos. En Uruguay, las familias de clase media para arriba terminan bachillerato igual que en Bélgica (el 80%, el 90%) pero en el quintil de menores ingresos lo terminan igual que en África. Entonces, tenemos un promedio de alumnos que terminan bachillerato que es malo (alrededor del 40%) y muy desigual.

—Claramente esas son las tendencias malas, ¿cuáles serían las positivas?

—Una es que se empieza a notar en las familias una apertura mental de aceptar que los hijos estudian cosas que los padres no saben ni lo que son. Eso es muy positivo. Cuando en 1976 entré a la Universidad había una sola universidad en Uruguay y seis o siete carreras que eran las que hacía todo el mundo. Hoy hay cinco universidades y muchas más carreras. Existen cosas como Licenciatura en Animación y Videojuegos. Eso estudia mi hija, de hecho. Y por suerte hay muchas familias que hoy están encantados que el hijo aprenda cosas así. O licenciatura en Biotecnología.

—También está claro que la universidad se ha convertido en el estándar para conseguir los mejores empleos. Antes no se necesitaba tanto.

—A comienzos de la revolución industrial en el siglo XX, lo que era importante para el desarrollo de un país era tener Primaria porque servía para consolidar una democracia: que la gente tuviera un idioma común y que pudiera leer. Uruguay respondió a ese desafío y creó una escuela que hizo universal la alfabetización. Cuando se universalizó la Primaria en Uruguay, la Secundaria era una cosa de elite, dedicada nada más que a formar a los futuros ingenieros, médicos y abogados que el país necesitaba. Pero pasaron las décadas y al ir avanzado el siglo XX, lo que necesita un ciudadano para acceder a un buen trabajo y para tener las capacidades cognitivas para entender el mundo digital es, como mínimo, el bachillerato. Y ahí Uruguay no responde al desafío. Se busca ampliar el acceso a Secundaria ampliando la cantidad pero no la calidad. Así comienza el proceso de deterioro de la Educación Secundaria que hoy sufrimos. Se ha expandido mucho el ingreso pero se generó un embudo que hace que la gente quede trancada.

—Y no se pudo resolver y el mundo ya está pidiendo otras cosas.

—Ya tenemos arriba nuestro el hecho de que para que el ciudadano del siglo XXI pueda realmente progresar -o sea el mínimo para competir y funcionar en la economía del conocimiento- es una licenciatura universitaria. Entonces, Uruguay se está quedando, no un escalón detrás, sino dos escalones. Acá tenemos un problema compuesto: no podemos aumentar la cantidad de gente que hace la universidad sin aumentar la que hace el bachillerato.

—Así, Uruguay se está quedando atrás no sólo en universalizar el liceo, lo que ya está mal, sino que así además le impide a los jóvenes acceder a los mejores empleos.

—Quien no logra terminar una licenciatura universitaria queda trancado laboralmente para toda la vida. En China, por ejemplo, los abuelos y los padres ahorran para apoyar al único hijo que tienen para que haga una carrera universitaria. Porque esa es la demanda mínima que exige el mundo para no estar limitado el resto de la vida. Y la realidad no para de cambiar: hoy los mejores trabajos ya no son para los que tienen una licenciatura sino para los que tienen posgrados. Eso se ve cuando uno analiza el mercado laboral en los países desarrollados.

—De eso en Uruguay, por lo visto, no estamos ni cerca.

—El objetivo de nuestro país en el corto plazo (porque es un mito decir que arreglar la educación de un país lleva 50 años, como lo han demostrado otros países) es mejorar la calidad de la Secundaria para conseguir muchos más bachilleres que sepan más de lo que saben hoy. Y que los ciudadanos que vienen de contextos críticos puedan acceder a esa educación.

—Pero un aumento en la población universitaria, también generará problemas de infraestructura o de capacidad.

—Esos nuevos universitarios tienen que poder ingresar a estudios secundarios de alta calidad porque si no vamos a encontrar lo mismo que vimos en Brasil, en Egipto o en Chile, en donde el reclamo común es que las nuevas clases media que van emergiendo en el mundo están demandando el acceso a educación superior de alta calidad. En Uruguay vamos a tener que pensar esas cosas. Hay cinco universidades…

—Pero las universidades privadas, hoy, ¿no brindan una educación distinta a la pública y eso puede incidir en que sus alumnos terminen consiguiendo los mejores puestos de trabajo?

—Depende de las carreras. Yo conozco de cerca, obviamente lo que hace la ORT y le tengo mucha fe a lo que hacemos y conozco las cifras de inserción laboral de nuestros graduados.

—Que es de…

—Cien por ciento. Y en muchas carreras nosotros incentivamos hacer posgrados en el exterior por lo que no están insertos en el mercado laboral porque están afuera. Cada universidad tiene sus áreas buenas pero el nivel mínimo es bastante alto y los diferenciales son más en la impronta de cada lugar.

—Las universidades, además, deben preparar a sus estudiantes para un mundo en el que el panorama de la oferta laboral está en un proceso radical de cambio.

—Hay estudios que dicen que en la mitad de los empleos que habrá en 2025 hoy no existen. No es tan sorprendente porque la industria de los videojuegos hoy factura más que el cine y ofrece mayores oportunidades laborales. Quién iba a decir eso hace 25 años. Hoy no sabemos en qué va a trabajar esta generación en unos años.

—Pero si parece claro que hay empleos que van a desaparecer.

Hay una tendencia a nivel global a la automatización. Y Uruguay no está exento de eso. Un ejemplo reciente. Aparece una aplicación para pedir un taxi, los uruguayos la prueban y anda excelente, por lo que se empieza a usar. ¿Y qué va a pasar con las 300 operadoras telefónicas? A veces se piensa que la influencia de la automatización en Uruguay es algo de ciencia ficción, pero no, esta es la realidad. Hay profesiones que ya se está calculado que no van a existir más y ahí uno encuentra de todo desde taxistas o pilotos a periodistas deportivos o detectives.

—¿Y cómo están preparándose las universidades para ese desafío?

—Los ciudadanos van a tener que buscar niveles de educación cada vez más altos y las universidades vamos a tener que encontrar soluciones probablemente a través de mezclas de educación online y presencial. Las universidades no van a poder dar educación de calidad a todo el mundo que lo necesite. Va a haber que reinventar la universidad. Cuando hizo falta dar educación Primaria a todo el mundo era fácil porque se trataba de enseñar a leer y escribir. Cuando se quiso hacer liceos para todo el mundo fue más difícil y algunos países pudieron y a otros, como a Uruguay, les está costando mucho. Hoy, cuando se habla de universalizar la universidad es mucho más difícil porque requiere otro grado de personalización, de profundidad y multidisciplinariedad. Hoy ningún país tiene capacidad para darle ese nivel de educación a todo el mundo.

—Y ahí aparece la educación terciaria online.

—Nosotros hicimos el año pasado la primera experiencia de MOOC (acrónimo en inglés de Massive Open Online Course, o sea “Cursos Masivos y Abiertos Online”; se pronuncia “muc”) en colaboración con el Plan Ceibal. Fue un curso de programación para mil estudiantes que sirvió como una prueba general y esperamos este año llegar a los 10.000 estudiantes.

—Gratuito.

—Por supuesto. Para enseñar programación para celulares a beneficiarios del Plan Ceibal, o sea liceales de enseñanza pública.

—¿Cómo ve la experiencia de los MOOC en Uruguay?

—Estamos recién empezando. La gente dice que al no haber contacto personal entre el profesor y el estudiante, se pierde un aspecto fundamental del proceso educativo que es el de empatía personal. Pero eso me parece muy simplista porque tiene un error metodológico que es comparar la educación online con la educación presencial. El alumno que elige tomar un MOOC no tiene otra alternativa. Eso es a lo que pueden acceder. ¿La educación online está llamada a sustituir la educación presencial? No, está llamada a complementarla.

—Igual habría que ver cuán presencial es la educación en las universidades, cuando hay clases verdaderamente masivas.

—Exactamente. Cuando uno mira las clases, incluso en las grandes universidades del mundo, se encuentra que hay 100 personas en un salón. Los estudios indican que un pequeño grupo de alumnos captura la mayor parte del tiempo. Los alumnos que son más tímidos quedan afuera. Y en eso también influye el género (los varones participan más que las chicas, principalmente en ciencias) los problemas étnicos o de manejo de idioma ya que los inmigrantes participan menos. O sea, si sos un hombre blanco joven que habla bien inglés capaz que te va bien pero si no lo sos, esa clase, aunque estés presente físicamente, no va a haber una gran diferencia con haberla hecho online.

—¿Qué lejos estamos en Uruguay de hacer esa clase de educación?

—En la ORT estamos experimentando. Este año vamos a sacar un par de cursos y estamos dictando una maestría en educación para profesores uruguayos, reconocida por el Ministerio de Educación y Cultura, prácticamente 100% online para una gran mayoría de alumnos del interior. Uruguay es un país ideal para la educación a distancia. Pensar que va a haber una universidad en cada departamento es una fantasía porque no hay suficientes académicos para hacer masas críticas de profesores e investigadores. Vamos a tener que tener soluciones híbridas para poder salir adelante. No hay que ver el sistema educativo aislado. Hay que conseguir que colaboren las cinco universidades con el sistema de formación docente de ANEP; poner las señales oficiales de televisión para hacer televisión educativa y no tantos programas deportivos; convocar a las empresas de cable; a Antel con su fibra óptica. Hacer actuar todo eso armónicamente para darle la oportunidad a todos los ciudadanos del país a tener un nivel de educación alto.

DEBEN ESFORZARSE MÁS

—¿Qué cambios ve en la calidad del estudiantado que llega del liceo?

—Hay evoluciones positivas y negativas. Entre las negativas, todas las universidades, notamos un descenso en la calidad de los aprendizajes de Secundaria. No solo de la educación pública, sino también de la privada, los estudiantes llegan con deficiencias muy importantes en el uso en la lengua materna, con deficiencias muy importantes en el uso del inglés, por supuesto, y con deficiencias importantes en el manejo de las matemáticas y de la ciencia en general. Este es un problema muy difícil de resolver porque las universidades no podemos compensar a los 18 años los problemas que las personas acumulan desde los seis años. Es un déficit de capital cultural que no se puede resolver a los 18. Es más, todos los esfuerzos que hacemos para resolverlos son inevitables pero a la vez contraproducentes porque si uno dedica un año de universidad a enseñar a hablar español, a hacer las matemáticas de Secundaria, se atrasa la enseñanza de nivel terciario. No hay más remedio que hacerlo pero eso impacta en que la carrera se alarga un poco o hay estudiantes que no pueden seguir el ritmo y tienen que abandonar.

http://www.elpais.com.uy/que-pasa/desafios-universidades.html

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